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    psicoanálisis

    El deseo de saber y lo que cuesta: Sor Juana leída desde el psicoanálisis

    Una lectura psicoanalítica de Sor Juana: la pulsión de saber, el deseo, la autoridad y las contradicciones que sus textos exponen, sin convertirlos en un diagnóstico.

    7 de noviembre de 20268 min de lectura

    Laura Patricia Rosas Lara · Noviembre de 2026

    En la Respuesta a Sor Filotea hay una escena que suele contarse como anécdota simpática. Una niña de seis o siete años le pide a su madre que la vista de varón para ir a estudiar a la Universidad de México. La madre se niega, por supuesto, y la niña se queda con la biblioteca del abuelo. Más adelante, cuenta Juana Inés, se cortaba el pelo cuando no aprendía lo que se había propuesto en el plazo que ella misma fijaba, porque le parecía injusto que una cabeza estuviera cubierta de cabello y desnuda de ideas.

    Hay que desconfiar un poco de esta escena. La cuenta una mujer de cuarenta años, en 1691, que le escribe a un obispo y tiene motivos para defenderse. Es memoria, y la memoria ordena. Aun así, leída con el psicoanálisis en la mano dice bastante sin necesidad de forzarla.

    La pulsión de saber

    Freud habló de una pulsión de saber o de investigar en los Tres ensayos de teoría sexual (1905): esa curiosidad infantil que nace pegada a las preguntas por el origen, por la diferencia de los sexos, por lo que los adultos callan. Tiene algo peculiar, y es que se desprende con cierta facilidad de su objeto primero y se vuelca hacia el mundo. Entonces puede volverse lectura, investigación, obra. A ese destino lo llamó sublimación, y lo usó para pensar a Leonardo en 1910. En Sor Juana encontramos algo poco frecuente: una mujer del siglo XVII que describe la historia de su propia pulsión de saber y dice cuánto le costó.

    Una advertencia metodológica antes de seguir, porque vamos a hablar entre colegas. Aquí no hay paciente. No hay asociación libre ni transferencia, y lo que tenemos son textos escritos para un público, con retórica y con género. Lo que sigue es una lectura de lo que esos textos hacen, y no un diagnóstico de quien los escribió.

    El poema que escribió para sí

    En esa misma carta afirma que el Primero sueño es lo único que escribió por gusto propio. Todo lo demás, dice, fue encargo, ocasión o favor. Ese dato pesa: si hay un texto donde su deseo aparece sin intermediarios, es este.

    El poema describe una noche en la que el cuerpo se duerme y el alma, liberada, sube a mirar el universo entero de una sola vez. No lo consigue. Es demasiado, y la visión se deshace. Entonces intenta lo contrario, que es ir por partes, ordenar el mundo en categorías, avanzar de a un objeto. Tampoco alcanza. La imagen que sostiene el esfuerzo es la de Faetón, el que quiso conducir el carro del sol y cayó. El poema termina sin que esa alma haya logrado su empresa, con el amanecer y el cuerpo que vuelve a despertar.

    Creo que aquí hay una descripción muy precisa de algo que conocemos bien en la clínica. Saberlo todo es una fantasía de completud. La pulsión de saber quiere cerrar el círculo y el círculo no cierra. Lo notable es que el poema no presenta la caída como una derrota vergonzosa. Forma parte del movimiento, y la mente que cae vuelve a su cuerpo y al día. Se podría decir, con Lacan, que el saber nunca se completa porque hay algo en el origen que no se deja saber. Sor Juana no disponía de esa formulación y lo escribió igual.

    Quién autoriza a pensar

    En 1690 el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, publica sin pedirle permiso una crítica que Sor Juana había escrito a un sermón del jesuita Vieira, y la acompaña con una carta firmada como "Sor Filotea". La carta la felicita y le aconseja dedicar su talento a asuntos más santos. La Respuesta es lo que ella contesta.

    Lo interesante, desde el punto de vista psíquico, es el tipo de autoridad que aparece. No es alguien que le prohíba pensar de frente. Es alguien que la elogia y le marca el lugar donde el pensamiento resulta aceptable. Quien haya trabajado con pacientes sabe que esa forma de prohibición, la que viene envuelta en reconocimiento, suele ser más difícil de contestar que un no directo. Juana responde con una defensa larga, erudita y bien armada del derecho de las mujeres a estudiar, y con una formulación que se cita mucho: estudia para ignorar menos, dice, y no para saber más. Hay modestia ahí, y también una manera muy inteligente de ponerse a salvo de la acusación de soberbia.

    Lo que el hombre pide y lo que acusa

    "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón" es probablemente el poema suyo que más gente podría recitar, y también el que más se cita fuera de contexto. Conviene decir primero qué es. Lleva un título largo que casi nadie recuerda, algo así como que arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan. Está escrito en redondillas, estrofas de cuatro versos octosílabos, y toma un género muy practicado en su época, la sátira contra las mujeres, para voltearlo: ahora la que examina es ella y el examinado es el hombre.

    El argumento es sencillo y muy bien armado. El hombre solicita, insiste, promete, y después condena a la mujer que cede. Pero si ella resiste, la condena también, por desdeñosa. Cualquiera de las dos respuestas queda castigada, y la contradicción es de él.

    Los colegas reconocerán varias cosas en ese esquema. Una es la proyección más simple: se le atribuye al otro lo que uno mismo provoca. Otra es una estructura que recuerda a lo que Bateson describió como doble vínculo, con la salvedad de que aquí se trata de una analogía y no de una descripción clínica. Y hay una tercera, que me parece la más interesante. En 1912 Freud describió, en Sobre la más generalizada degradación de la vida erótica, a ciertos hombres que no logran reunir en una misma persona la ternura y el deseo: la mujer que respetan no los excita y la que los excita no merece su respeto. Es la vieja división entre la madre y la prostituta. Sor Juana señala, más de dos siglos antes, la contradicción práctica que de ahí se sigue: se exige a la misma mujer que sea pura y que esté disponible, y se la acusa de lo que se le pidió.

    Hay límites que conviene dejar dichos. El poema pertenece a una tradición retórica, la de la querella sobre las mujeres, y no hay manera de saber cuánto de experiencia propia hay en él. Leerlo como confesión sería un error de lectura. Tampoco está resuelto si corresponde llamarlo feminista sin más, y es una discusión que los especialistas mantienen abierta. Lo que sí se puede afirmar es que el poema muestra una inteligencia que ve la lógica de la acusación con una nitidez poco común. Y me parece que es la misma mirada que aparece en la Respuesta: allá es la autoridad que elogia y limita, aquí el hombre que exige y condena. En ambos casos Juana no pelea contra la contradicción. La expone, con ironía, y la ironía es también una forma de elaborar.

    El silencio

    Hacia 1693 y 1694 Sor Juana deja de escribir en público, se desprende de su biblioteca y firma documentos de renuncia y de penitencia. Muere en 1695, durante una epidemia, atendiendo a sus hermanas de convento.

    Aquí conviene frenar. Es muy tentador leer ese silencio como duelo, como sometimiento o como conversión, según lo que cada lector necesite que haya pasado. Los estudiosos no se ponen de acuerdo: unos ven presión de la jerarquía eclesiástica, otros ven una decisión de conciencia, y hay quien ve las dos cosas mezcladas. Octavio Paz, en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, hizo una lectura psicológica de su vida que sigue siendo referencia y también blanco de críticas. Sin sesiones, sin asociaciones, sin transferencia, lo que un analista puede decir con honestidad es poco. Puede señalar que un deseo tan sostenido durante décadas difícilmente desaparece, y que nunca sabremos con certeza adónde fue.

    Me parece lo más respetuoso que se puede hacer con ella: leer lo que escribió, ver qué hacen esos textos con el deseo de saber y dejar el resto en pregunta.

    Referencias

    • Cruz, S. J. I. de la. Obras completas. Edición de A. Méndez Plancarte y A. G. Salceda. México: Fondo de Cultura Económica.
    • Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual.
    • Freud, S. (1910). Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci.
    • Freud, S. (1912). Sobre la más generalizada degradación de la vida erótica (Contribuciones a la psicología del amor, II).
    • Paz, O. (1982). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Barcelona: Seix Barral.

    Nota: el año de nacimiento de Sor Juana sigue en discusión entre 1648 y 1651. Se conmemora el 12 de noviembre.


    Enlace: UHE México · uhemexico.org

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